BHOPAL.Tal vez nunca oiste hablar de esto.

¿Se podrá creer a estas empresas que los transgénicos no tienen impactos al ambiente y la salud y que si hubiera contaminación transgénica del maíz en su centro de origen, ellos lo vigilarán y controlarán?
 

La ciudad de Bhopal, considerada como “la Bagdad de la India”, es la capital del estado de Madhýa Pradesh, uno de los más pobres de la India. En la madrugada del 3 de diciembre 1984, una fábrica de pesticidas propiedad de Union Carbide sufrió un escape de 42 toneladas de isocianato de metilo, provocando la muerte de miles de personas y dejando un reguero de más de medio millón de afectados.
La envergadura del accidente despiertan la lógica alarma social y la conciencia de los gobiernos de los países más industrializados de todo el mundo sobre la carencia de medidas de seguridad en las fábricas de producción química. Como resultado de esta concienciación y de la implicación en materia de seguridad de las administraciones públicas nace en el seno de la Unión Europea, por poner un ejemplo, la Directiva Seveso I, posteriormente modificada y sustituida por la Seveso II, sobre la adopción de planes de seguridad y emergencia en la industria química.

Organizaciones de sobrevivientes (www.bhopal.net) estiman que han muerto más de 22 mil personas y 500 mil tienen secuelas permanentes. 50 mil están tan enfermas que no pueden trabajar para mantenerse a sí mismas. Estudios recientes confirman que los hijos de los afectados por el gas también sufren daños. El porcentaje de defectos de nacimiento en Bhopal es 10 veces superior al resto del país, la frecuencia de cáncer es mucho más alta que el promedio. El agua de más de 30 mil habitantes de Bhopal sigue contaminada por la fuga. Las víctimas y familiares han luchado duramente, por décadas, para que se atienda y paguen los gastos médicos de los afectados, se limpie el lugar y se juzgue a los responsables.

Dow compró la transnacional Union Carbide en el año 2001. Fue una jugosa expansión de su lucrativo negocio de vender tóxicos, y una forma de seguir las operaciones, zafándose de la mala reputación del accidente. Según el contrato de compra, Dow se haría cargo de todas las responsabilidades de Union Carbide. Dow reservó 2 mil 200 millones de dólares para potenciales demandas relacionadas a asbestos (amianto) en Estados Unidos, pero nada para atender las indemnizaciones pendientes en la India, mostrando que para ellos la vida de la gente en los países de Sur no vale nada. Nunca se presentó a tribunales en la India. Por el contrario, asumió una actitud agresiva contra las víctimas, demandando legalmente por miles de dólares a los que se manifestaron frente a la empresa sobre el desastre de Bhopal.

Recientemente un tribunal de la India se expidió, luego de casi 20 años de demandas de los afectados, sobre un caso que atañe a una de ellas: Dow. Se trata de unos de los peores accidentes industriales de la historia: una enorme fuga accidental de gas tóxico de la fábrica de agroquímicos Union Carbide, en Bhopal, India, en 1984. Organizaciones de sobrevivientes (www.bhopal.net) estiman que han muerto más de 22 mil personas y 500 mil tienen secuelas permanentes. 50 mil están tan enfermas que no pueden trabajar para mantenerse a sí mismas.
Estudios recientes confirman que los hijos de los afectados por el gas también sufren daños. El porcentaje de defectos de nacimiento en Bhopal es 10 veces superior al resto del país, la frecuencia de cáncer es mucho más alta que el promedio. El agua de más de 30 mil habitantes de Bhopal sigue contaminada por la fuga. Las víctimas y familiares han luchado duramente, por décadas, para que se atienda y paguen los gastos médicos de los afectados, se limpie el lugar y se juzgue a los responsables.

 Esa fatídica noche de 1984, la fábrica de pesticidas de Union Carbide en Bhopal, India, esparció más de 40 toneladas de gases letales. Las consecuencias fueron devastadoras: más de 8.000 personas murieron en el acto; otras 12.000 murieron en un macabro goteo como consecuencia de las enfermedades asociadas a la inhalación de estos gases y, por último, más de 150.000 supervivientes permanecen en grave estado y necesitados de atención médica constante.

No obstante, lo peor sigue estando por llegar pues todavía continúan naciendo niños con malformaciones y enfermedades relacionadas con los gases tóxicos. Además, la naturaleza de la comarca está contaminada; esto se aprecia de manera especial con los acuíferos que han absorbido gran parte de los contaminantes y que ahora están devolviéndolos junto con las extracciones de agua necesarias para la vida.
Hace poco tuve una conversación con un buen amigo que es ingeniero y hablábamos de los costes de las energías renovables. Él afirmaba — no sin razón — que en la actualidad las renovables no tienen nada que hacer junto a las convencionales en lo que a costes se refiere. Y es cierto que no hay color: producir un kwh con carbón o con nuclear es mucho más barato que hacerlo con las palas de un molino o con las células fotovoltaicas de una placa solar. Es cierto. Lo asumo y todas las cuentas realizadas en este sentido así lo corroboran.
No obstante, existe un pero muy grande en esta argumentación pro-energías-convencionales que debe ser puesto sobre la mesa y que daría un vuelco a toda el pensamiento dominante: en los costes de producción de la energía convencional (y de las renovables, claro) hay que computar las EXTERNALIDADES. Una externalidad es un coste (o un ingreso) que se produce sin que el productor (en este caso de energía) lo haya controlado. Por ejemplo, la millonada de euros que nos ha costado (y sigue costando) limpiar el Atlántico y la costa gallega de los combustibles del Prestige son una externalidad (en este caso, negativa) dentro del proceso de producción de hidrocarburos.
Muchos economistas apuntan ya la necesidad de introducir las externalidades dentro del análisis coste-beneficio para cualquier actividad económica (también algunas directivas de la UE, como la de Aguas, inciden en la misma argumentación: full cost recovery, reflejar en el precio del metro cúbico de agua todo el coste de producirlo para así promover un uso más eficaz y eficiente del recurso). Y todo esto es muy razonable: hay que estar para lo bueno y para lo malo, y no vale decir que tal o cual modelo industrial (o proceso de producción) es mejor o peor que otro si dentro de la contabilidad no incluimos todas las rúbricas, las buenas y las malas.

Así pues, no estaría nada mal que quienes proclaman alegremente que las energías convencionales son infinitamente más competitivas que las renovables incluyeran en el apartado de costes las mareas negras, la contaminación asociada a las centrales térmicas y nucleares, las alteraciones por el exceso de CO2 en la atmósfera, la lluvia ácida, el tratamiento de los residuos y la pérdida de calidad ambiental asociada siempre a estos procesos industriales. Es muy posible que entonces, las convencionales ya no ganaran por goleada a las renovables… incluso podría hablarse de una remontada espectacular.
¿Y esto qué tiene que ver con la tragedia de Bhopal? Pues sencillamente es que, desde un punto de vista muy aséptico, teórico e insensible, podemos afirmar que la tragedia de Bhopal ha sido la mayor externalidad negativa que podemos computar. Bhopal es el récord, el number one de los desmanes económicos y ambientales — al menos, desde una perspectiva local.
Bhopal, en suma, sigue siendo una llamada de atención sobre nuestro vigente modelo socioeconómico que aparca los riesgos y los aplaza para un futuro en el que todo podrá resolverse con tecnología. Es posible que nuestros economistas nos adormezcan y arrullen con estadísticas en las que el PIB continúa creciendo imparable, pero es que hace ya mucho que el PIB (o cualquier otro indicador) dejó de ser fiable (¿acaso un número puede reducir la complejidad?) y es muy problable que estemos yendo para abajo en lugar de para arriba en el más literal de los sentidos. Y es que seguimos generando bombas de relojería a todos los niveles; bombas que tarde o temprano nos reventarán en las manos y en la cara. Y lo peor de todo es que lo sabemos y lo asumimos.

Tragedia en Bhopal revisited
por José Antonio Pastor González

Fuente : Silvia Ribeiro, Investigadora del Grupo ETC, La Jornada, 3 de julio de 2010

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