El miedo como estrategia de control social

La doctrina del shock: El miedo como arma política.

Las masas humanas más peligrosas son aquellas en cuyas venas ha sido inyectado el veneno del miedo… del miedo al cambio “Octavio Paz”.

La incertidumbre es inherente al sistema capitalista, de allí la importancia de crear contextos de posibles amenazas, reales o imaginarias. Sin embargo, más efectivo es crear la ilusión de que estamos solos, que la organización y movilización social no existen o por lo menos carecen de sentido.

De lo que se trata desde el poder, es de resquebrajar toda forma de tejido social. Para ello el sistema recurre a diferentes estrategias, una de ellas: crear los marcos interpretativos que constituyan y legitimen las representaciones del miedo atravesando «lo más colectivamemente social hasta lo más intimamente personal
Si no contamos con nadie, todos somos una amenaza para todos, en particular los extraños, los inmigrantes, las minorías (donde también caben los desplazados, los desocupados, los indigentes, las negritudes, los indígenas…). En fin, todo aquel que salga o parezca salir de la norma, de la costumbre, de la rutina, es motivo de sospecha. Se desprende de allí la subcultura de la prevención, de la seguridad democrática, la croactividad y las guerras preventivas.

    La amenaza se torna algo permanente. Por eso es importante que de cuando en cuando tienda a ocurrir algo, el rito demanda una victima, el acto del sacrificio. La paz, la calma, la tranquilidad no pueden ser duraderas, es necesario alimentar el imaginario con actos, alimentar el miedo con experiencias que la gente comente y retroalimente. Esta es una de las funciones de la cultura y sus dispositivos -como los medios de comunicación de masas.

Si no podemos protegernos por nosotros mismos, es necesario que alguien nos salve, volvemos así a las representaciones de la política y del poder más primitivas: el mesianismo y el autoritarismo. Frente al miedo, a las amenazas extrañas, desconocidas, cobran significación los ejércitos con sus tanques, los policías con sus perros, las cárceles y los manicomios.

Todos padecemos esta situación pero casi nadie dice o hace nada; a los pocos que actúan o alzan la voz denunciando la realidad del sometimiento se les elimina de una u otra manera. Estamos paralizados por este miedo que nos tiene enganchados y del que nos dan nuestra dosis diaria, para mantenernos en esa apatía temerosa que domina y mediatiza nuestra vida cotidiana. La cultura del miedo es inherente al autoritarismo, es el arma intimidatoria que nos mantiene secuestrados en una realidad que nos supera.

El pánico es el argumento central de la política, dice el pensador francés Paulo Virilio en su libro “Ville panique”. Este pánico anula el lugar de la reflexión y los medios de comunicación se hacen cargo, no ya de la demanda de reflexión colectiva, sino de una demanda de emoción colectiva. De hecho, el miedo es un gran movilizador de emociones, generando ciertos efectos en la conducta de los individuos, por eso ha sido utilizado con éxito durante muchos años durante las campañas electorales. Si el miedo genera efectos e incide en la conducta y comportamiento de la gente, entonces la clase política acude a este artilugio como estrategia para tratar de alcanzar sus objetivos de mantener o alcanzar el poder. De esta forma, el miedo se convierte en la estrategia central para tratar de convencer a las multitudes de que sus adversarios representan ciertos riesgos y pueden generarles distintos daños y perjuicios.

Educar por métodos basados en el temor, la fuerza y la autoridad destruye la sinceridad y la confianza, y sólo se consigue una falsa sumisión “Albert Einstein” .

Thomas Hobbes (Leviatán, 1651) fue uno de los primeros pensadores en relacionar el temor con la organización política y la construcción del Estado. En la actualidad, la utilización del miedo como instrumento de sumisión desarrolla una metodología sofisticada con el objetivo de intimidar a los pueblos y manejar sus reacciones ante estímulos de temor inducido. La aplicación social de esta teoría recomienda la provocación de situaciones traumáticas violentas (asesinatos, desapariciones, torturas, etcétera) para someter grupos sociales problemáticos.

Nosotros vivimos en una sociedad en la que SE NOS EDUCA, si nos fijamos, en ese miedo al Otro. Tenemos miedo al inmigrante, tenemos miedo a las personas que tienen un color distinto al nuestro, tenemos miedo a las personas que tienen otra religión (como en mi caso, que tenga una sola religión ya me da miedo), incluso entre ellos se tienen miedo. Tenemos miedo, pues, a las mujeres (?). Es ver al Otro como un problema. La Historia de la humanidad está repleta de intentos de aniquilamiento del Otro. PERO SE NOS OLVIDA ALGO MUY IMPORTANTE: PARA EL OTRO, NOSOTROS SOMOS EL OTRO, y de esta forma vamos hacia la mutua destrucción?.

Pero en la actualidad vivimos una época de recrudecimiento de esta estrategia. En los últimos años, la crisis económica ha ayudado a los asustadores profesionales a amedrentarnos hasta la parálisis, infundiendo un temor abstracto a los otros, a los extranjeros, al gasto público, al terrorismo y la inseguridad. Naomi Klein nos recuerda en La doctrina del shock que, para los pensadores neoliberales, toda crisis (real o percibida) es una oportunidad para aplicar sus políticas de ajuste. Paralizados por nuestras pesadillas, damos por bueno lo que en otras circunstancias nos resultaría inaceptable. Atemorizados, nos convertimos en personas individualistas, mucho más manipulables porque dividiendo es más fácil convencer. Olvidamos ayudar a los demás y nos quedamos solos convirtiéndonos en individuos mucho más vulnerables.

Al igual que el texto proponía a los ciudadanos no salir de casa, los gobernantes actuales nos aconsejan sumisión. Nos quieren divididos, aplicando la estrategia de “sálvese quien pueda”, centrados en lo que nos diferencia y olvidando lo que nos une, dispuestos a renunciar a elementos clave de nuestra libertad en pro de la ansiada seguridad.

Un miedo amplificado por los medios de comunicación que agrandan las narrativas del miedo; la mayor de ellas la del terrorismo internacional, pero también la del miedo al inmigrante o al diferente, el miedo económico, el miedo a la violencia. Un miedo que nos sitúa en una sociedad del riesgo (Beck), un miedo global y globalizado, de sociedades violentas, en el que, todos asustados, tenemos que combatirnos, que salvarnos como podamos, sin fiarnos los unos de los otros, defendiéndonos de amenazas intangibles pero constantes, el mundo está en guerra permanente, las amenazas se relevan entre sí, son difusas, no se someten al discurso de la lógica.

Ya no tratan de ilusionarnos con grandes utopías: sólo se postulan para salvarnos de nuestros temores. En palabras de Eduardo Galeano: “Los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida… Miedo a la puerta sin cerradura, al tiempo sin relojes, al niño sin televisión, miedo a la noche sin pastillas para dormir y miedo al día sin pastillas para despertar, miedo a la multitud, miedo a la soledad, miedo a lo que fue y a lo que puede ser, miedo a morir, miedo a vivir” Es el tiempo del miedo globalizado.

Bibliografia
José Guillermo Fouce.Doctor en Psicología y profesor de la Universidad Carlos III
http://www.voltairenet.org/Miedo-ciudadania-y-orden-social

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