El ser (clase media) y la nada

El ser (clase media) y la nada

Por Roxana Sandá

Se declara progre, pero vota a la derecha. Jura que hay que respetar la ley pero la transgrede cada vez que puede. Vive con la calculadora en la mano, culpa a los políticos por todos sus males y hace de la cacerola su instrumento musical favorito. Es, señoras y señores, la clase media.

Un simpático portal creativo destinado a personas de 13 a 18 años define a la clase media argentina como “clase social de los que ni andan descalzos ni tienen zapatos. Las medias de esta clase –al menos en nuestro país– ya llevan varias zurcidas”. Tal vez el empeño desesperado por reforzar esos costurones sea lo que pinte de cuerpo entero a esta franja tan despellejada como el país que siempre sueña suyo, aunque más no sea por un tiempo. Y que en cada tropiezo se atora de sus propios tics: los espasmos de indiferencia, el derecho a la identificación, la alegría frente al mal menor, la desconfianza en sí misma y esa obsesión de escaparle al fantasma del “dolor de ya no ser”, que viene mordiéndole los talones hace décadas.

SOMOS TODOS LOS QUE ESTAMOS


Descubrirle el ADN a la clase media equivale a desenrollar un hilo de Ariadna infinito. Donald Rubin, el experto norteamericano en errores estadísticos, dice que todo el mundo se define a sí mismo como de centro y clase media. Para desenmascarar el verdadero espectro social y político donde debería ubicarse cada uno, habrá que preguntar entonces sobre aspectos concretos, como el subsidio de desempleo, los inmigrantes, el aborto y el despido libre. “Ahí nos retratamos”, advierte Rubin.



Salvo en la Argentina versión 2008, donde la clase media se define en función de sus ingresos, cuestión brutal que se diferencia de otras épocas, en las que el pasar económico no acompañaba pero existía la visión de que el logro de un buen nivel educativo a partir del esfuerzo posibilitaba el ascenso social hacia esa clase tan deseada o el mantenerse en ella. La aparición de sectores de ingresos medios cristalizados en la ola inmigratoria de fines de siglo diecinueve y principios del veinte, acabó por convertirse en una foto sepiada de comerciantes, agricultores, obreros y los hijos de éstos, que tuvieron acceso al progreso y la educación universitaria. Hasta la Segunda Guerra Mundial primó la idea de que si se educaban y trabajaban, el país les respondería con un futuro asegurado.


Entre 1869 y 1914 se radicaron tres millones de inmigrantes europeos en el país, en su mayoría italianos y españoles. Todos conformaban ese universo al que Osvaldo Bayer sitúa en 1916, con la asunción del gobierno radical de Hipólito Yrigoyen, haciendo base precisamente en la clase media, “esa especie de populismo que decía no querer reprimir la protesta social, que se inclinaba por los sindicalistas libres y que prometía pero no resolvía”. La misma radiografía, según el sociólogo Gino Germani en sus estudios sobre la clase media con especial referencia en los sectores urbanos, muestra que la población extranjera de esos períodos aumentó del doce al treinta por ciento. Para 1914, los extranjeros trabajaban en la construcción, obra pública, ferrocarriles y en las actividades más modernas, como industrias y servicios. Pero el abanico de contradicciones se abrió tempranamente: a los criollos –esa calificación peyorativa del ser nacional, al decir de Arturo Jauretche– les quedaban reservados las artesanías y el servicio doméstico. Y acaso el propio Jauretche desde El medio pelo en la sociedad argentina o el Manual de zonceras da la primera puntada de un hilo que enmadeja a la clase media, al decir que “sin este previo punto de partida peyorativo, serían imposibles de comprender estas contradicciones”.

Es que cuando la inmigración llegó, la Argentina “era una estancia privada de doscientas familias, fuera de las cuales no había riqueza posible”. La psicoanalista Silvia Bleichmar devela el número en su libro Dolor País y después…, pero menciona como tramposa la frase de que “la Argentina fue el granero del mundo, ya que la riqueza de esos graneros no perteneció nunca a los argentinos, sino a un grupo de ociosos patrones de la tierra”. Sobre esas engañosas prospectivas que Jauretche define zonceras, Bleichmar referirá “tics cotidianos” y el valor educación, para la clase media, se constituirá como denegación de la pobreza de origen. “Curiosamente –reflexiona– los espejitos de colores fueron, en este caso, comprados por los que vinieron de afuera. (…) Eramos tan pobres que hasta nos diferenciábamos de otros pobres por tener los zapatos de moda o el coche del año. Eramos tan pobres que ostentábamos lo que habíamos comido o tomado. Eramos tan pobres que no comíamos las sobras a la noche para que nadie pensara que habíamos pasado de la pobreza a la miseria”. El “no tener”, decía Bleichmar, “fue símbolo siempre, en la Argentina, de fracaso”. Mafalda, la niña de clase media setentista creada por Quino, resume inigualable esa realidad, al espiar a su padre a la noche, cuando todos duermen, y aquél se enreda entre la calculadora y las cuentas a pagar. Al rato se le acerca, coloca su chanchito sobre la mesa y se retira en silencio. Es un gesto de restauración para seguir soportando.


LA RENOVACION CONSERVADORA

Que la sociedad argentina pueda definirse como de clase media en comparación con el resto de América Latina es una visión que comparten varios especialistas, aun cuando en las últimas décadas aumentara el número de personas en situación de pobreza. Entre 1997 y 2003, uno de cada diez argentinos dejó de pertenecer a la clase media en términos económicos. “No obstante, la mayor parte de la sociedad sigue aspirando a tener ese nivel de vida”, considera Manuel Mora y Araujo. Y no culpa de su infortunio a la clase alta, “sino a los políticos”, contra el pensamiento de los sectores pobres, “que consideran a los políticos necesarios para resolver problemas concretos como la llegada del agua potable, las cloacas, el alumbrado público. La clase media piensa que puede prescindir de los políticos porque no los necesita para resolver esos temas. Para eso paga el servicio.”

En su columna dominical del suplemento Cash de Página/12, del 20 de enero, el periodista Alfredo Zaiat relaciona la indiferencia de la clase media frente al despido de 2.400 trabajadores del Gobierno de la Ciudad con la restauración del pensamiento conservador en Buenos Aires. “Tiene su base en la veloz recuperación económica que provocó cierta normalización del mercado laboral. Esa situación de mejora del salario y de la cantidad de empleo –no en su calidad– permite entender en parte la anestesia social por el despido de trabajadores contratados y, por lo tanto, los más desprotegidos.”

Mora y Araujo acuerda que cuando mejora su situación económica, “la clase media se vuelve más conservadora en sus posiciones políticas. Por algo Mauricio Macri ganó en 2007 y no en 2003, aunque su victoria no se basa en un voto de derecha: es un voto antipartidos, no sólo antiperonista. El voto a Elisa Carrió también fue un voto antipolítica, entonces la misma persona puede votar por Hermes Binner, Macri o Carrió sin tantos miramientos ideológicos. El rechazo es a todo el sistema que representan los partidos asociado, en el pensamiento medio, a la corrupción”.


CICATRICES

Cien años. Es la edad de la clase media y su historia cultural en el espejo, “aunque esa identidad sea la no-identidad”, remarcaba el filósofo Nicolás Casullo en una entrevista realizada durante la crisis de 2001. Un siglo de autoconstruirse para alcanzar esplendores. En los sesenta, por ejemplo, gracias a la gratuidad de la enseñanza, el total de matriculados de universidades públicas o privadas sobrepasaba los 180.000. A las facultades de la Universidad de Buenos Aires asistían unos 80.0000 alumnos, de los cuales los varones representaban el 67 %. En 1973 la cifra descendió al 62 %, con un avance de la matrícula femenina. Hasta los setenta, la Argentina esgrimía un indicador de pobreza menor al ocho por cento. “Es una clase media que tiene sobre su pellejo infinidad de cicatrices –sostenía Casullo–. Salió con Yrigoyen en el 14; padeció la Década Infame; se movilizó contra Perón en el 45, con la Unión Democrática; se sintió violada del 45 al 55 con la marea de los cabecitas negras y en el 55 salió a vivar la caída de Perón. Luego, sus hijos fueron la clase media montonera del 73, experimentaron lo que políticamente se llamó la nacionalización de la clase media, con planteos revisionistas, de liberación, nacionales, de alianza con la clase obrera en una suerte de causa nacional. Entonces, evidentemente, tiene infinidad de marcas, de muescas, y hoy sale nuevamente con los cacerolazos, pero lo hace en una circunstancia especial histórica posterior a la venta y desguace de la patria.”

Irascible, insegura, bipolar (término–zoncera de moda), demandante, seducida y abandonada por la política de turno, la clase media salió en 1973, fue a Plaza de Mayo con Galtieri y las Malvinas, y con Alfonsín en Pascuas. Salió a la calle con la asunción de la Alianza, volvió a hacerlo con los cacerolazos que provocaron la caída de De la Rúa; siguió abollando los cacharros contra el corralito financiero y terminó encendiendo velas con Blumberg. Una frase de Alejandro Dolina en época de la crisis de 2001 pinta con altura la cuestión: “Permítaseme desconfiar de las revoluciones iniciadas por ahorristas”.


SOLA, FANE Y DESCANGAYADA

“Ser” de clase media en esta Argentina próxima al bicentenario es una categorización que no tolera más fracasos, aunque definirse como tal pareciera un punto de fuga desesperado. El “terror al porvenir” del que hablaba Enrique Santos Discépolo.

Para el sociólogo Torcuato Di Tella, la sociedad en su mayoría se autodefine de clase media porque “no tiene una imagen clara de las condiciones de clase. La estructura social es una pirámide, y siempre hay alguien que está peor que uno. La autodefinición de clase media es para ponerse en un lugar moderado. Es como preguntarle a cualquiera si es de derecha, izquierda o centro: la mayor parte va a contestar que es de centro, porque tampoco sabe muy bien qué quiere decir ser de derecha o izquierda”.

–¿Cómo se distribuye hoy la sociedad argentina?

–En principio, esta sociedad no puede definirse como de clase media, porque entre el siete y el diez por ciento de la población es de clase alta; un treinta o cuarenta por ciento pertenece a la clase media y del cincuenta al sesenta por ciento corresponde a la clase trabajadora. La clase media no disminuyó, pero está peor que en otras épocas.

–¿Cuáles son los aspectos rotundos de esta clase media?

–La veo más empobrecida y decadente que en otros tiempos. Pero mantiene una misma línea con respecto a sus posiciones políticas, que suelen ser centristas: casi toda la clase media vota a los partidos de derecha. En la Argentina, históricamente votó a un partido de centro, que es el radicalismo, y tuvo, en general, actitudes antisindicales, antiizquierda y antiperonistas o populistas. Pero los partidos de centro tienden a deshacerse en el mundo, y aquí el electorado radical, en su mayoría, toma posiciones de derecha, votando a Ricardo López Murphy o a Macri. También puede haber un voto progre–moralista que se inclina por Carrió y no tiene tantos pruritos en asociarse con la derecha. Hay otros sectores progresistas, de clase media, que son de centroizquierda, a los que no les gusta el peronismo y con razones más que justificadas. Pero el peronismo está cambiando, además es la izquierda real del país, como los demócratas en los Estados Unidos; por tanto, los sectores de clase media progre van a acercarse o a aliarse al peronismo.

En Patas arriba, la escuela del mundo del revés, Eduardo Galeano vuelca letras despiadadas sobre una clase media que “sigue viviendo en estado de impostura, fingiendo que cumple las leyes y que cree en ellas, y simulando tener más de lo que tiene; pero nunca les ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada tradición. Está la clase media asfixiada por las deudas y paralizada por el pánico, y en el pánico cría a sus hijos. Pánico de vivir, pánico de caer: pánico de perder el trabajo, el auto, la casa, las cosas, pánico de no llegar a tener todo lo que se debe tener para llegar a ser”.

Sin embargo, el anhelo de recuperar el tiempo perdido tiene ensayos minuciosos. Un sitio de internet (www.clasemedia.com.ar) que se anuncia como “una trinchera” desde la que “nos podremos hacer fuertes”, invita a sacar, en un esfuerzo final, “nuestras últimas provisiones de dignidad y daremos esta batalla con una consigna definitiva: clase media o miseria”. Y para tal cometido propone tomar en cuenta los “defectos” que históricamente hicieron vulnerable al sector: “frivolidad, egoísmo y excesivo individualismo, agravados por una tendencia banal hacia políticas reaccionarias, sin entender que con ello le estábamos haciendo el juego a nuestra propia decadencia”. Es creer o reventar.

NOTA http://www.elclubdelapolitica.com.ar/web/2012/08/el-ser-clase-media-y-la-nada/ – 06/08/2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s