De golpistas y destituyentes en la política argentina

De golpistas y destituyentes en la política argentina

Extraido del  El blog de Mempo Giardinelli

Históricamente, ciertos juegos argentinos de la política resultaron letales para la democracia. Por ejemplo, la manía golpista de algunos civiles, cuya labor de hormigas determinó más de una vez la desdicha de la población, por lo menos en los últimos ochenta años de la vida de este país.

Claro que el golpismo clásico hoy ya no existe –coinciden casi todos– pero la versión contemporánea de la misma tara, últimamente llamada en forma leve “intentos destituyentes”, no deja de presentarse cada tanto, con persistencia, precisamente, de hormigas. Y cada vez que aparecen tales meneos –siempre negados– las desmentidas son furibundas en los titulares de los diarios mientras la acción destituyente continúa bajo tierra.

Así pasó con el presidente Raúl Alfonsín, desestabilizado por militares carapintadas dirigidos por Aldo Rico o Mohamed Alí Seineldin, y jaqueado también, en penosa seguidilla, por ataques desde una izquierda delirante que intentó copar un regimiento en La Tablada, primero, y después por decenas de dirigentes y sindicalistas que desde la derecha peronista y al servicio de oscuros intereses, generaron el caos social que en 1989 impidió el normal fin del primer gobierno democrático posdictadura.

Pasó más o menos lo mismo en 2001 cuando Fernando De la Rúa partió de la Casa Rosada en helicóptero dejando atrás más de 30 muertos y un país en llamas. Y también sucedió con el interinato de Eduardo Duhalde, quien debió renunciar a su sueño de permanencia después del asesinato de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán.

Aunque sin lograr sus objetivos, el caos como forma contemporánea del viejo golpismo cívico-militar nunca dejó de practicarse. Lo comprobaron incluso Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Y el elemento común a todos los casos, triunfantes o no, fueron las declaraciones estridentes y los empujones para “hacer caer” al gobernante elegido democráticamente, y “sustituirlo” por gobiernos de transición, siempre forzando interpretaciones de la Constitución.

Por supuesto, los golpistas negaban lo que hacían mientras todos golpeaban, algunos decididamente, otros estúpidamente, la mayoría irresponsablemente.

Carlos Menem fue el único mandatario que no padeció estos ataques desde las sombras del poder y la política. Acaso porque fueron sus amigos los que tantas veces protagonizaron escarceos destituyentes contra otros. Lo cual no deja de ser un enorme dato político que, por ahora, excede esta nota.

Lo cierto es que cada vez que un presidente se vio o pareció debilitado en la Argentina, resurgieron los empujones. Esmerilar el poder del gobernante no fue nunca parte del libre juego de la democracia, como debió ser, sino más bien su versión más perversa. Y es que para algunos, a veces para muchos, el asalto al poder por vías indirectas, oblicuas y non-sanctas resultó ser el único modo de acceder a la presidencia de esta república.

Por eso el hecho gravitante de esta semana fue la denuncia de la diputada Elisa Carrió, secundada por su colega Ricardo Alfonsín.

De ellos se podrán decir muchas cosas, y en particular de la casi siempre apocalíptica señora Carrió. Pero si hacía falta que diera pruebas de vocación democrática y apego constitucional, no se anduvo con vueltas: “Hay sectores que buscan una salida anticipada” del gobierno, denunció, y sin medias tintas, fiel a su estilo, añadió que Mauricio Macri “habla del círculo rojo porque está enojado, ya que a él lo sacaron del juego. Él quería formar parte de la interna del PJ y no lo dejaron”. Y dijo más: “Hay dos vías en la Argentina: un camino es el de la República, que quiere que Cristina Kirchner cumpla su mandato. Otros quieren la repetición del 2001. Sectores devaluacionistas con ansiedad, sumados a sectores políticos que quieren elegir al nuevo presidente, todos ligados al PJ”. Y por si fuera poco, declaró sin eufemismos que “una parte de la oposición quiere un golpe civil y que el candidato sucesor sea Massa”. Y esa misma noche reiteró en televisión: “Quieren armar una transición en la que un miembro del Congreso, de la unidad opositora, se haga cargo. Y el candidato es Massa”.

Esto explicaría a la perfección por qué los resultados de las elecciones primarias fueron y siguen siendo publicitados tan exageradamente por los grandes medios, como si perder por muy poco en unas primarias fuera necesariamente la hecatombe para un gobierno.

Naturalmente, de inmediato desmitieron a Carrió algunos de sus antiguos aliados. El ahora candidato a diputado del Frente Renovador massista y ex presidente de la Unión Industrial, José Ignacio de Mendiguren, consideró “muy grave hablar de un golpe institucional. Si realmente cree eso debería ir a a la Justicia”. Y también la cuestionó el jefe de la bancada macrista en Diputados, Federico Pinedo. “Carrió es bastante parecida a Cristina en el tema de amigo-enemigo”, dijo a la vez que descalificaba sus dichos por “totalmente disparatados” y se apresuraba a expresar: “Que el círculo rojo es destituyente, es un disparate. No tiene nada que ver con ningún golpe; el cuento de ingresar a la interna peronista para derrocar a Cristina es un delirio. No conozco a una sola persona con ideas destituyentes. La democracia es tratar de tener mayor grado de representación social y ganar las elecciones; sería una locura tener una idea golpista.”

Por su parte Sergio Massa, con su estilo evasivo de jamás pronunciarse y en cambio hacer que los demás supongan lo que piensa, se propone tener en el Congreso una bancada propia de diputados, a cuyo frente estará Roberto Mouillerón, ex ministro de Trabajo de Felipe Solá en la Provincia de Buenos Aires. El así llamado “massismo” aspira a ser la tercera fuerza en Diputados, aunque por ahora, con sólo nueve legisladores, está muy lejos de ese objetivo. Pero confía en sumar a sus amigos del PRO y a los antikirchneristas que responden a los hermanos Rodríguez Saá, de San Luis, y a otros de fuerzas provinciales de Entre Ríos, Chubut y Santa Cruz.

Y además cuenta desde el jueves con el decidido apoyo del ex carapintada Aldo Rico, quien anunció su completa alineación con el Frente Renovador, a cuyo líder calificó de “buen dirigente” a la vez que predijo que la presidenta “no va a durar los dos años” de gestión que le restan.

Claro que no todo son sombras en el horizonte. Si como ya se ha dicho el problema de la Argentina son la polarización ideológica y la manía golpista, también hay que decir que el juego natural de la democracia, a pesar de todo, en 30 años nunca dejó de funcionar. Cierto que en 1987 Alfonsín perdió las elecciones legislativas, y en 2001 las perdió De la Rúa, y en ambos casos el resultado fue un desastre institucional. Pero también las perdió Menem en 1997, y en 2009 Néstor Kirchner, y no hubo caos destituyente en ninguno de esos dos casos.

No deja de ser esperanzador. Se verá en Octubre. •

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